19.10.09

Partid de sânge (2/2)



L
uego de su muerte visité la mansión dos veces más, para enterrar el dolor, y juré no volver. El rito me desagradaba por mas adictivo que fuera, y sin darme cuenta, en medio de la bacanal me encontré relatando la desgracia sufrida por Lara tratando de advertir a las nuevas participantes que deberían pensarlo mejor, qué si todo empezó en la casa Makber, ellas iban a ser las siguientes. Vaticinio que probaría ser cierto.


Con el alma ahogada por el dolor busqué consuelo en la única figura de amistad que yo conservaba, Kerrah. Fui a su apartamento, siguiendo las indicaciones que soltó en alguna de las conversaciones en la Partid de sânge. Se alojaba en un edificio viejo; pero remodelado hace poco por lo mucho que se ha valorizado la zona en la que está. Abrió la puerta un reducido anciano, se disculpó del desorden y me hizo seguir. El espacio era muy amplio y los ventanales que abarcaban la pared entera estaban cubiertos con persianas de madera. En la sala un gobelino se destacaba frente al resto de piezas que allí se exhibian.
– Era de mi padre – me explica el viejo con su voz gutural, rasgada por el decaimiento propio de su edad – ¿busca usted al señor Kerrah? El salió a cumplir una cita –
– Qusiera hablar con él personalmente – dije ignorando un poco al viejo – ¿será que se demora mucho?¬ –
– No sabría decirle – se disculpó – Si quiere dejarle algún mensaje yo con gusto se lo haría llegar –
– Es un asunto personal – corté
Me ofreció un té, y una vez lo trajo conversamos de asuntos sin importancia. Me fue simpatizando mientras hablábamos, su lenguaje era fino y sus comentarios gozaban de una acidez particular. No preguntó nada de mi vida personal.
– Ya está oscureciendo – dijo preocupado – el señor Kerrah sin duda no demora pero, ¿le molestaría dejarle el mensaje? Hay cosas que tengo que terminar de hacer.
– Es una cuestión dificil – vacilé – coméntele a Kerrah, que vine a verlo… pues, que un amigo vino a verlo para advertirle…. Hay un vampiro en Silajo – dije sin escucharme – eso ya lo sabe todo el mundo. Pero creo que merodea con frecuencia por la mansión de Rots Makber. Dígale a Kerrah que vine a prevenirlo, que no vuelva a la Partid de sânge si aún valora su vida. –
Tomo nota atenta del recado. Al incorporarse para guiarme a la salida lo percibí más alto y noté como ahora tenía mas fuerza en sus pasos. El sol ya no se colaba por las persianas de la sala y el ambiente se tornó frio en mi camino hacia la puerta.
– Hasta luego señor Sanghev – dijo para despedirse alargando la mano. En ese instante los dos nos dimos cuenta: Él había delatado su posición y yo entendí que había hablado toda la tarde con Kerrah.

Baje las escaleras despacio llenando los pasillos con mi resignación. Subí el cuello de mi gabán para proteger mi cara de la ráfaga de viento que aturdía toda la calle. Nubes negras y sobrecargadas acechaban la llegada de la noche. Fui a casa y me preparé una cena suave para no obstruir las ganas (porque era tan solo un deseo) que tenía de dormir.

La culpa no me dejaba conciliar el sueño, el presentía mi final. Por la ventana vi como conmenzó una leve llovizna que arruyó mi insmonio relajándome al punto de oir mi propio corazón latir. Sentí cuando Kerrah apareció en la puerta de mi cuarto. Yo le estaba dando la espalda, mi madre siempre dijo que era mejor dormir vigilando la puerta para evitar sustos y poder correr en el momento de una emergencia.
– Tardó mucho – le reclamé en voz baja.
– Pensé que le gustaban las sorpresas – respondió.
– No chuparé la garganta de los que no merecen una muerte horrenda – afirmé aferrándome a la almohada sin dejar de mirar por la ventana, evitando cualquier contacto con el vampiro.
– Depende de usted definir entonces la vida de quien es mas valiosa – me dijo – o búsquese la de quién merece la muerte horrible que a usted le espera. – hizo una breve pausa y sentenció con una mirada firme – Aunque… la muerte no lo es todo, es mas cruel no poder morir – dijo como declamando de memoria, atrapando una a una las palabras en sus recuerdos desordenados. A lo mejor su sentencia era correcta, morir puede que no sea tan malo.
– No tengo miedo de lo que tiene que hacer – le dije.
– De lo que hice… – me corrije enfatizando la última palabra desde el pasillo por el que caminó rumbo a la salida.

Dormí con sueño neurótico arraigado una vez Kerrah desapareció del marco de la puerta. Me sumí en lágrimas que empaparon mi almohada durante toda la noche, lloré dormido de modo incontrolabe, lágrimas que tampoco puedo dejar de contener mientras termino de escribir esto…
¿Pero que más da?

Seguí a Lara hasta la mansión Makber por amor y rencidí por gusto. Vi en Kerrah un amigo con quién compartir y sólo encontré a un úpiro. Sólo espero reencontrarme con Lara en el mundo sublime que muchos esperan y al que otros simplemente nos lanzamos. Ya voy para allá, hermosa, espero que la religión se equivoque en cuanto a sus castigos literarios, ¿Será tan pecaminoso quitarme la vida para preservar la de otros sí esta que aún conservo ya está condenada a expirar prontamente?

Ruego que mi alma no esté contaminada también, o será que en esta vampírica condición… mi alma ya partió a reencontrarse con Lara Clim y yo no me he dado por enterado.
auferat hora dous eadem

Nil Sangehv
Silajo,
1 de Noviembre de 20XX

Partid de sânge (1/2)

-cuento vampírico por encargo para clase de 'Narrativas del mal'
Reader/Viewer discretion advised

Fui llamado el martes pasado a cubrir un caso particular. Según me advirtieron, uno de los tantos muertos que azotan ultimamente a Silajo, había dejado un testamento, siendo que todas, porque en su mayoría eran mujeres, las que habían padecido la palidez y la hambruna que precedia su velorio, nunca dejaron siqueira una nota… por la vergüenza tal vez. La notaría rebosaba de periodistas como yo, que vimos cómo el abogado del difunto servia de testigo para la apertura del sobre y presenciaba con nostros al notario leyendo a viva voz, como manda su oficio, el texto que aquí les facilito.


Si Lara Clim no me hubiera convencido, yo nunca habría ido a la mansión Makber – Debes prometer que no le dirás nadie lo que pase ahí dentro – me advirtió. Por el reciente amor obsesivo que yo sentía hacia ella, la acompañé sin vacilar, no me importaba qué condiciones pusiera. La invitación era inusual, como todo lo que emanaba de Lara. Ella era una mujer que había crecido en una de las cunas más acomodadas de Silajo, aunque su personalidad nunca fue nisiqueira cercana a la refinada pulcritud que su madre siempre quiso inculcarle. Se paseaba por el filo de la irreverencia exhibiéndose impune por su condición de delfin, alardeando de sus extrañas costumbres, que mas bien deberían calificarse de exéntricas. Así mezclaba a la perfección la ternura y la picardía desmedida que dejaba una estela imborrable en el pensamiento de aquel que se tropezara con ella.

Llegamos entrada la noche a la mansión de Rots Makber, uno de los terratenientes mas importantes de Silajo, quién habia amasado una incalculable fortuna a muy temprana edad y sus fiestas, se rumoraba entre las chismosas conversaciones de peluquería por toda la ciudad, siempre habían gozado de un aire inmoral, aunque rara vez contaban con la presencia del anfitrión. Partid de sânge, escribió Lara en el papel que le facilitó el corpulento pero bien vestido guardia de la mansión. Nos escoltó hasta la habitación contigua al comedor donde ya estaban reunidas unas dieciocho personas, calculo que de poco menos de treinta y cinco años, como nosotros. Entre ellas resaltaba sin esfuerzo la presencia de Kerrah, un tipo de movimientos con gracia felina que una vez hizo contacto visual con Lara salió a nuestro encuentro.

Se disculpó al presentarse por su apellido, nunca supe su nombre ni supe si Kerrah era en verdad parte de éste. Confesó que era la primera vez que asistía a una fiesta en la mansión Makber, pues sólo se podía asistir a ellas si se es invitado por alguien que las frecuenta. No pude evitar clavar mi mirada sorprendida encima de Lara, quien se rio burlona, guiñó su ojo e hizo caso omiso a mi reacción. La acompañante de Kerrah habia tenido que marcharse – Seguro se sentía mal por algo que comió – bromeo mientras pasábamos al comedor.

No había sillas, sólo la mesa de 16 puestos, repleta de pequeños bocadillos, anfetaminas en bandejas de plata, ginebra suficiente para embriagar a toda la armada británica y un cargamento de dogras innombrables que de enterarse la policía, todos habríamos pagado una vida entera de condena en la carcel por posesión de estupefacientes. Mis recuerdos luego de las primeras pastillas son confusos, recuerdo a Lara desnuda, igual que los otros invitados, participando de mi mano en esa orgía palpitante que aparecía de a cuadros en toda su obcenidad. El cuarto había sido equipado con luces destellantes que al apagarse sumian el comedor en la oscuridad total, y relampaguéando enceguecían a todos los participantes. Recuerdo que todo ocurría como un baile coordinado por un titiritero inexistente, entre risas dispersas y suspiros acompasados que duraron toda la noche.

Noté, al despertarme en el cuarto principal de mi apartamento, pequeñas cortadas mi brazo; el que Lara tenía secuestrado en su sueño babeando la almohada. Les di explicación en las siguientes visitas. En realidad en las mañanas que le seguían a las fiestas, donde armé de una las piezas de mis recuerdos fraccionados por diversos venenos. Beber un poco de la sangre de tu compañero era el rito central del despliegue de desnudez bajo el techo de la mansión de Rots Makber.

Nuestra asistencia a la Partid de sânge se tornó rutninaria, y mi amor por Lara innombrable y colosal estallaba dentro y fuera de tales fiestas. Kerrah visitaba la mansión con igual frecuencia. En las breves charlas que precedian la entrada al comedor logramos afianzar una pequeña amistad enclavada en la complicidad. Siempre estaba rodeado de alguna mujer hermosa, aunque igual su aura retenia la atención de todo el entorno. Solía bromear, enfatizando con sus finos ademanes, haciendo gala de un exquisito sentido del humor.
– La gente ya está diciendo que se trata de vampiros – creo que le dije alguna vez acerca de las muertes que se estaban presentando fuera de nuestros círculos sociales.
– No creerá en cuentos tan tontos ¿o si? – me respondió arqueando las cejas
– Claro que no – me interpeló Lara – los pobres suelen culpar de sus enfermedades a lo sobrenatural y no se dan cuenta que es cómo viven lo que causa esas desgracias…
– ¡Que viva la revolución! – brindé para irritarla
– No seas tonto Nil, sabes bien a lo que me refiero. –
La verdad era que muchas de las mujeres que frecuentaban la mansión Makber también se habían infectado de la hamburna mortal, como mal habían bautizado los periodistas locales la epidemia, sólo que nunca nos dimos cuenta, desaparecian de la vida pública sin avisarle a nadie, sus familias guardaban el secreto con recelo para no enturbiar las aguas de los chismes y la calumnia. Seguimos conversando hasta entrar al comedor, donde fraccionaría mis recuerdos por una noche más.

Días despues, en el desayuno, una vez estuvo en la posición que tomaba para atacar el pan con el rodicio de mermeladas que esplayaba frente a ella, me contó de un sueño bastante extraño que tuvo – ocurría todo en tu cuarto – dijo con la boca llena
– Como todo lo bueno – acoté antes que siguiera
– Tonto. En fin. Pasaba en tu cuarto, tu no estabas, o estabas tan dormido que ni me daba cuenta que estabas ahí –
– ¡ouch! –
– déjate de bobadas, desde la puerta alguien estaba observando, ese tipo de cosas en los sueños que puede ser cualquier persona pero que uno sabe con certeza de quién se trata. Entró sin decir nada… pero tampoco era alguien, era una masa oscura, de movimientos cortos y armoniosos, me miró por un rato –
– ¿Tenía ojos? –
– ¡Claro que no! Pero yo se que me miraba, con algo de deseo quizás– me sentí incómodo por esa referencia, contraje mis hombros para no desencadenar un ataque de celos – se acercó al borde de la cama – continuó narrando, ignorando mi mirada acusadora – y derrepente, la nube negra se prendió de mi cuello. Fue súbito e inesperado. Me sentí ahogada, intenté gritar pero no salía nada de mi garganta… me impresionó el dolor que sentí, porque en lo sueños nunca se siente nada –
– ¿Pero si era un sueño?–
– Lo era. Me desperté de un salto apenas el bicho soltó mi cuello, fui hasta la cocina a tomar agua muy fria para quitarme la sensación de ahogo que no daba tregua–
Luego cambió el tema cómo si lo relatado fuera insignificante. Yo por mi lado creí que estaba loca, pensmiento reiterativo siempre que Lara se colaba en mi cabeza, por lo que no me sorprendió.
No fue hasta que palideció días despues, que comencé a pensar sobre la posiblidad de que Lara hubiera sido visitada por el vampiro que se murmuraba en las calles. Mi amor por ellas sigue hasta hoy intacto, pero debo admitir que noté como de a poco se fue transformando en un monstruo. Perdió primero el color en las mejillas, se le cayeron las uñas y el pelo empezó a crispársele. La vida comenzó a abandonarla, privándola de energía para moverse, pudriendo su cuerpo aun vital, preservando su conciencia hasta el último suspiro. Lara se recluyó en el apartamento hasta que el hambre insaciable y la falta de energía la vencieron. No quiso que nadie la visitara y le contó a la menor cantidad de conocidos posible. – Es una enfermedad de pobres – repetía como letanía para ahondar su desgracia, perdió la ternura que la caracterizaba y olvidó como era que debía reir.

14.9.09

Rastros de Silajo (2/2)

-segunda entrega...
lo siento por la demora (excusa autoreferencial)


Vi a Sofía salir de la parroquia, pero no caminó hacia la tienda para encontrarse conmigo, caminó junto a la pared blanca, y entró al jardín que tanto cuidaba el padre Córdoba. Salté de la silla y corrí hasta el portón de la parroquia, debía asegurarme que el padrecito seguía confesando. Entré al sagrado recinto de silencio inmaculado, la última señora seguía haciendo penitencia, terminó sus oraciones y salió arreglándose cabizbaja.


Me arrodillé, escéptico, en el confesionario, dije varias sandeces a fin de exaltar un poco a Córdoba, asintió con un leve ruidillo de garganta, al parecer aprobaba lo que le acababa de decir sobre el precio de las vacas. Esperé sin decir nada… y asintió con el corto rugido gutural… luego de unos minutos dijo como distante, tras el velo morado – Usted es una santa – su voz sonaba extraña – rece 2 padrenuestros, un Ave María, no se preocupe mi señora, todo va a estar bien – Me incorporé enfurecido, abrí la cortinilla y vi una simple grabadora, que corría con leves gruñidos de garganta y sonidos aprobatorios del cura durante la confesión. Me apoyé en el fondo del confesionario para cazar la grabadora y la madera en que me apoyaba cedió. Consternado empujé si mucha fuerza y terminé de abrir la puerta lateral de la iglesia, que para mí era inservible, quedando en el jardín de maleza y flores. Ahí supe que Sofía amanecería mañana en la plaza.


Entre la maleza me apresuré al cuartucho de herramientas que estaba al final del jardín. Por la ventana, tarde para mi destino, observé como Córdoba, con un mazo impactaba el cuello de Sofía, que arrodillada con religiosa devoción, cayó despacio dejando su alma atrás. Córdoba soltó una carcajada chillona muy corta volteando los ojos extasiado. Cubrió el cuerpo de Sofía con un costal vació y se limpió el polvo de las mangas para salir. Me paré frente a la puerta esperándolo… cuando se empezó a abrir, la empujé de una patada, se golpeó la cara y cayó al suelo, forcejeamos entre si, sin emitir ningún sonido, puños, patadas, estocadas, en silencio, mi dolor era tan grande que no cabía por la garganta para salir de ningún modo, así como devoraba las palabras que me quedaban dentro. De los puños limpios pasamos a arrojarnos todo lo móvil alrededor… por esquivar una embestida de cuerpo entero caí de espalda, indefenso busqué un arma… sólo tenía a la mano unas tijeras de podar, alzó triunfante una pala oxidada que estaba recostada en la esquina. Cuando se disponía a dar el golpe clavé sin asco las tijeras en su muslo izquierdo… chilló como un cerdo agonizante y sin darme tiempo para reaccionar contesto con incesantes golpes con la pala… hasta que ahogado entre sangre y baba no pude respirar más.


- Siempre sospeché de él… me daba mala espina, irónico para su labor de jardinero ¿no?, le pedí varias veces que arreglara el jardín, aceptaba y pedía permiso para ver el depósito que está tras la iglesia, pero nunca cortó una hoja ni cuidó un matorral… no creí que usara el depósito para algo tan atroz. Pobre su señora, tal vez creyó que si ella amanecía en la plaza nadie sospecharía mas de él y tal vez culparíamos sin duda al loco Fernando… aunque nada está oculto bajo los ojos de Dios – se mostró cansado por la poca luz que entraba al cuarto de la casa cural. La periodista capitalina, libreta en mano buscó construir la pregunta correcta – Pero, si fue un sábado en la mañana… ¿no estaba usted confesando señora cuando descubrió al Asesino de Silajo en el depósito? – Córdoba hizo una pausa reflexiva y buscó una respuesta convincente – discúlpeme – dijo al rato en voz baja – usted es una santa, pero ¿podríamos continuar con las preguntas otro día?... ahora prefiero descansar. No, no. No se preocupe mi señora, que todo va a estar bien.-

13.8.09

Rastros de Silajo (1/2)

-No es un final T.Capote, falta todavía una parte.

La parroquia contaba con un jardín inmenso, que antes de la llegada de Córdoba no era más que un rastrojo de barro y mierda de perro, pero tras la nutrida afluencia de fieles rezanderas que ocurrió tras su arribo, haciendo caso omiso de los caritativos aportes de las mismas, y sin contar las generosidades recibidas después de los asesinatos, el patio se cubrió de espinas, flores y enredaderas, sin orden alguno. Era un espacio desperdiciado, hecho monte por una inversión inicial llena de buenas intenciones y el abandono riguroso e inmediato. Siempre al pasar, me fijaba en lo que fue la puerta lateral, pues debía llevar años sin usarse, la cubría una planta de hojas pequeñas que, como un mosaico de infinitas piezas, con sus flores color punzó, devoró el marco y parte de la pared, inhabilitando el acceso a la iglesia desde el patio. Ofrecí mi ayuda para dar cuidado al jardín en repetidas ocasiones, sin respuesta, ya que más da, no puedo cambiar lo que sucedió, ni revivir a ninguna.


El sermón del domingo casi le arranca un aplauso, de la emoción, a la romería de señoras que el joven cura de ojos verdes convocaba sacramente. La iglesia de Silajo no podía albergar más de 40 personas a la vez, porque tampoco había gente con quien llenarla. En semana santa o navidad, el padre Córdoba animaba a las asistentes a que trajeran su propia silla y que, por el amor de Dios, lograran que sus esposos las acompañara a la celebración, pero aunque estas insistieran, no se reunía más que el grupo ordinario de las señoras y 2 o 3 maridos a regañadientes, que por ser ajenos al recinto, se apretujaban en las pocas bancas que nunca pensaron en acomodarlos mientras juraban no volver jamas a tal tortura.

Sofía asistía, como manda la escritura, a la misa dominical, y a confesión uno de cada 2 sábados, por convicción decía ella, sin falta; salvo cuando tenía gripa – Justicia divina – sentenciaba con la nariz congestionada – esta semana todo lo hice bien. – Yo la esperaba sentado en la tienda que miraba directo a la puerta de la parroquia, tomando, por rutina, una cerveza con Iván, el hijo bueno-para-nada del carnicero, quien era varios años menor que yo, pero conversaba de lo que fuera, así no supiera del tema – Las señoras van a misa porque están enamoradas del curita – me dijo una vez con su tufo espeso – cuando confiesa, se gasta 5 minutos por cabeza, como en un matadero, les echa un piropo al terminar y ellas con una sonrisa vuelven el domingo con los bolsillos llenos para contribuirle – Iván era un borracho, para nadie era un secreto, después de las 10 de la mañana, de cualquier día, ya estaba ligeramente alcoholizado, si no es que ya su cerebro nadaba por vestigios de una noche extendida. Nunca tomé en serio lo que Iván me decía. Siempre preferí reírme a entrar a discutir con un borracho.

– Sofí, mira – le dije entusiasmado. Ella reaccionó con un salto pequeño, un susto fugaz, quitó su mirada del espejo por un instante para mí – me encontré un billete de 200 en el pantalón – dije con sorpresa. Ella continuó arreglándose sin prestar atención – Deja ya – le dije, para que notara un segundo mi presencia – sí sólo vas misa, – – A confesión – corrigió de modo firme, pero con ternura – por eso… ¿acaso qué? – respondí, hizo esa cara de satisfacción de cuando estrena peinado y evitó mirarme para no responder.

Fui a espera a la en la tienda, como siempre – buenos días Tomás – me saludó Gloria, la novia de Iván, que llevaba un buen rato tratando de despertarlo, era inútil, la noche anterior había bebido hasta saciarse… y 2 botellas mas, estaba dormido sobre la mesa, hediendo a amanecido. Traté de hablarle a Gloria de lo que fuera, conversar con Iván era más sencillo, el buscaba e hilaba cualquier tema, Gloria era un poco más sensata, pero a mi sorpresa el dialogo fluyó ligero mientras ella bamboleaba al borracho tratando de despertarlo. Hablamos de su casa y de cómo ayudaba a su mamá a enseñar en el colegio – ¿También te estabas confesando? – pregunté al rato – como todos los sábados – respondió entre un suspiro – ¿También enamorada de él? – indagué, al suspiro sumó el sonrojar de sus cachetes – es porque tiene tacto – intentó excusarse sin que yo se lo pidiera – en mitad de la confesión me caya con un, ‘ud. es una santa… e igual viene cada semana,’ me manda una pequeña penitencia y me voy con una sonrisa de alma expiada – sonrió para sus adentros abriendo los ojos con un destello –…es perfecto – susurró – Es sacrílego – le respondí.

Las señoras duplicaron su limosna semanal poco después de que Gloria apareció muerta, incluyeron los miércoles y viernes como de culto obligatorio, e Iván se emborrachaba con más frecuencia, cosa que todos creímos en principio imposible. La hallaron sobre un matorral de florecitas blancas, con una herida contundente en la nuca, ninguna otra señal de violencia y en su cara el reflejo del millardo de confesiones realizadas que mostraba su alma en paz.

Sofía ahora rezaba antes y después de comer – Era una muchacha ejemplar – dijo después del postre – No hay muerto malo ni novia fea – le recordé sorbiendo las últimas cucharadas de sopa – todo el mundo sabe que se acostaba con cualquiera cuando Iván salía del pueblo, menos con Fernando claro, - me miró reclamando una disculpa- ¿Qué? – le repliqué – por eso no me extrañaba que se confesara semanalmente – Sofía chistó con rabia y siguió comiendo.

Después fue la hija de la vieja Mariana, una muchacha hermosa de pestañas sobredimensionadas. El pueblo entero asistió al sepelio. Todo el pueblo, menos yo. Me tropecé frente a mi casa, a causa de la lluvia, mientras cargaba un bulto de tierra el día anterior, por lo que preferí guardar reposo. –El que nada debe nada teme– me sentenció un día Córdoba al verme pasar – ¿Por qué lo dice padre? – reclamé con respeto – No está bien visto no asistir a un funeral de un pueblo tan pequeño – me dijo dejando un sabor de inquisición en el aire.

Al tercer muero el pueblo había llegado a varias conclusiones, la misa del domingo era la más concurrida por el cadáver de esa mañana, que con serena pasividad y hermosura habría aparecido en un lugar aleatorio, sólo mujeres eran atacadas, cualquiera podría ser el culpable, y por cualquiera quiero decir que todos creían que era yo. La misa del domingo ahora requería de llevar silla propia, la iglesia fue ampliada, aunque no hacia justicia al incremento repentino de las utilidades caritativas, de manera burda, para que todos los maridos regañados fingieran interés en el sermón.

Mi odio por Córdoba crecía con vigor, quizás por ese interés mezquino que yo notaba los martes que Sofía lo invitaba a almorzar, ella se enternecía con sus ojos verdes, yo me ponía iracundo con su estúpida frasecita de cajón – Usted es una santa – le decía hasta cuando servía salpicando la sopa, ella se sonrojaba y se dedicaba a comer en silencio.

Yo sospechaba del loco Fernando, si bien era un idiota que se paseaba cojeando, había perseguido con interés de macho alpha, sin éxito, a todas las mujeres de Silajo… a todas (sin distinción alguna). Quizás, la frustración lo llevaba a matar sin una verdadera conciencia de sí mismo, como un sonámbulo o un niño cumpliendo un rol en un disfraz. Decidí investigarlo, si demostraba que era él, el dedo inquisidor en mi frente debía quitarse. Dejé a sofía en su confesión sabatina, donde ya la fila era concurrida para ser tan temprano. Llame a la puerta de Ferando, al abrir lo invité a una cerveza, Iván caído de la perra yacía inmóvil por la pena, dormido sobre la mesa en que nos sentamos – Grave lo de las señoras – le comenté a Fernando luego de pasar por temas sin importancia - No he sido yo - Respondió sin titubear. La verdad era que Fernando sufría de lucidez esporádica, algo así como una fase de trance en la que su pensamiento se ordenaba (al fin) por unos minutos. siempre creí que era usted… - replicó mirándome a los ojos. Según me explicó, Córdoba hasta lo insinuaba en el sermón. O era el loco o yo. Claro que Sofía ni se daba por enterada; siempre he creído que los mas acérrimos creyentes y fieles son los que menos atención le prestan al rito, quizás porque creen que ya tienen ya el alma en un lugar privilegiado sólo por asistir.

18.5.09

Apenas son las 3

Estaba sentada frente a un Magritte, prefiero a Mondrian dijo apenas me senté a su lado, aquí sabes que no hay ninguno, respondí. Me miró, supongo que para inspeccionar lo que llevaba puesto o si me había cortado las uñas y sin decir nada volvió a concentrarse en el cuadro que tenía en frente. Las palabras se me enredaban, la lengua no respondía a mis comandos. Estás tenso, dijo rompiendo el silencio que inundaba el lugar, en verdad todo esto me pone nervioso, respondí con pena, siempre sincero, el peor de mis defectos, repliqué, pero uno que me encanta dijo con su sonrisa medio escondida. Vamos a un lugar donde podamos hablar, sugerí, dijo que las cosas aquí no hablaban, pero que también tenían vida, además estaban para que las contemplaran y no necesariamente para que nadie fuera dueño de ellas, como esto, afirmé, asintió sin pena ratificándolo. No entiendo algo, me reclamó, los dos estamos aquí, es posible, todo fluye y parece funcionar… ¿Por qué no?, el tiempo no es correcto le respondí buscando calma en el revuelo que todo me despertaba, ¡pero si apenas son las 3! dijo enfatizando con sus ojos. Ahí supe que lo había entendido mejor de lo que yo creía, me levanté para despedirme inclinándome un poco para darle un beso. Igual no va a suceder, sentenció susurrando, igual me esperan abajo, le recordé. La busqué en la exposición de Mondrian que trajeron unas semanas después. No eran las 3, ya no era un Magritte, ya van a cerrar y no estás aquí tampoco. No va a suceder, recordé, no va a suceder.

15.3.09

Quizás Mañana

- Vamos ya – dijo casi con desprecio – de nada sirve que sigas escondido. – Giré para ignorarlo, pero se acercó decidido arrastrando los 2 morrales que con esfuerzo bajó por las escaleras hasta aquí - ¿Quién dijo que me estoy escondiendo? – le pregunté. En el fondo sonaba una versión audible de Las Cuarenta de Grela y Gorrindo. Llevaba poco mas de 4 meses viviendo bajo la estación de radio de Javier, nunca tomé la decisión de vivir bajo tierra, las revueltas me convencieron. – Es peligroso que sigas aquí – dijo tembloroso, esfumada la firmeza del minuto precedente – peligroso para mí. – concluyó. Javier siempre fue un cobarde, desde el día que rompimos el vidrio del carro de la señora Gutiérrez, cuando apenas raspábamos los 5 años, estampó la cobardía en su frente cuando su escondite fue descubierto y me vendió por ahorrarse una palmada.

Me dijo, como para convencerme, que yo estaba desconectado del mundo, que ya era hora que al menos mirara por la ventana.


Algo andaba mal, nunca lo vi tan asustado, yo tenía un acceso ilegal a internet (un lujo estos días) , un televisor de antena (aunque sólo entraban los cananles intitucionales) y una emisora clandestina, con la que me comunicaba con otros personajes y sus vidas lejos de todo esto, ¿Qué mundo tenía que ver?, desde aquí podía acceder a todo; el mundo, repetía Javier. Tienes que ver por la ventana así ya no se vean los atardeceres, dijo con la mirada en blanco. – Que cursi estás – le reclamé en burla, chistó con ira y me haló del cuello de la camisa.


– Vives engañado – me reprochó- y crees que eso es vivir.


Con un grito y sin hallarme asesté un puño en su quijada. No se defendió, esquivó los golpes que pudo y se tragó los ruidos de dolor, trató de alejarme, pero no se defendió, algo ocultaba. Con sangre en la boca en una pausa de mi trance, balbuceó que me calmara, y con esfuerzo logró conjugar mi sentencia – Están arriba – dijo tosiendo – saben que estás aquí.-

Era imposible, desaparecí sin acudir a nadie más que a Javier.

– Interceptaron la radio, controlan las imágenes que ves en el computador… - explicó –
-Yo estoy viendo el mundo – me defendí obstinado-
-El que quieren que veas, en parte para que no salgas de ahí, en parte para que vayas a buscarlo mientras te esperan vigilantes en la puerta entre ceniza y lo que queda de esta ciudad en blanco y negro. Llevas hablando
por radio con ellos varias semanas, ya no queda ningun otro de los tuyos.

Mi mente está en blanco - ¿Qué hacemos? - Le pregunto, sin convicción, al cobarde más grande que he conocido – Vivir. – me dice entregándome uno de los morrales pesados – Vivir…

5.3.09

En el número 8.

-No todos saben lo que son.

El numero 8 de la línea naranja, luego de media hora de recorrido, me deja a tres cuadras de la oficina. En una ciudad en que el esmog es omnipresente, como Dios, porque el casco urbano cuenta con una iglesia cada cuatro esquinas y hollín en cada partícula de aire restante, hay extraños que suben a los buses, que muchos parecen humanos, pero para quienes prestan atención, no lo son del todo.

Hace dos martes subí al número 8 como de costumbre. Al poco rato una señora con aire rancio, de nariz garruda y pelo enmarañado, pagó y se sentó en el puesto contiguo al mío Al ver las uñas a medio pintar, las manos huesudas y la ojeras de oso panda, decidí dejar una distancia mayor a la usual, como esa que por salud debería existir entre el parecido de las muñecas y los bebés reales. Para mí era una bruja, de eso no había duda, sólo que quizás era ella la que no lo sabía.



Imaginé a su bisabuela perseguida hace más de un siglo, condenada al exilio para evitar la hoguera. Vi el aquelarre, el correo, evité la imagen del caldero, aunque si la de los libros centenarios y descuadernados.

Chequeé su presencia, pero se había cambado de puesto para mirar por la ventana justo frente a la mía. Pensé en su abuela, con un local cuya concentración de polvo en el ambiente era casi letal, detallé como manipulaba las cartas, el té, las profecías.

El bus frenó en seco. Desde atrás, un joven de camisa gris, con un insulto elaborado maldijo al chofer. Yo, como acostumbro, viré para notar al gritón, pero encontré además que ahora la bruja estaba sentada juntos al fabricante de obscenidades.

Cerca de mi destino traté de darle sentido a la historia de la bruja; una joven que huye embarazada, que trata de forjar una vida lejos de la magia, negando a ultranza todo vínculo con su pasado de hechicería. Sólo que su hija, hermosa como tantos bebés, no pudo huir a su lastre genético y, por más que vistiera y se comportara como mandan todas las –turas, parecería una hechicera así montara en el número 8 para ir al trabajo.

Timbré indicando mi parada y la bruja, ahora sentada junto a la puerta, se aferró a mi brazo , ¡cuidado!, dijo despacio con la mirada perdida hacia el frente, cuidado con los rectángulos sin base. Quedé horrorizado y confundido el resto del día. Tal vez invoqué la tragedia, o le di mucha importancia y me creí ese susurro fue profético. Esa tarde, me grapé, por erro o por justicia, dos veces los dedos manipulando unas fotocopias, todo por no atinar a tiempo qué quería decir la bruja con “rectángulos sin base”

20.11.08

Papá... Hay un Dragón en mi cuarto (2)

Es un cuento viejo, una reversión, para que encajara en la estructura de cuento infantil,
para los qeu ya lo conocían espero que haya mejorado, para los otros pocos
(porque los qeu leen esto son mas bien pocos), espero que les guste


– Papá –
– mmmahhzzzz –
– ¡Papá, Papá! – repitió Eloísa moviéndole un hombro – Hay un Dragón en mi cuarto.

Papá se despertó en un salto, fue al cuarto de Eloísa y trató de oír desde la puerta qué sucedía ahí dentro… sintió un gruñido decidido, como de un león.

Corrió escaleras abajo para buscar el arma apropiada contra la criatura.

– Con un matamoscas – pensó.
– Sus alas son muy grandes – le dijo la niña al entrar a la cocina

– ¿Una trampa para ratones? –
– ¡Sus patas son Eeeenormes! –

– ¡Ya se! – dijo convencido – ¡una escoba! –
– No es un perro, papá – Eloísa respondió dudosa
– No importa… funcionará –

Subió empuñando la escoba. Frente a la puerta respiró hondo, se armó de valor y entro al cuarto gritando.

Adentro, un gigantesco Dragón naranja, con forma de serpiente marina, garras fuertes y alas extendidas lo estaba esperando. Rugió mostrando sus colmillos al ver a papá entrar blandiendo, como un loco, la escoba de lado a lado.

Esquivó un coletazo del Dragón y logró abrir de un golpe la ventana del cuarto.

Antes de que la rabia provocara que el Dragón escupiera fuego, papá se zambulló debajo de la cama, para protegerse.

Eloísa cerró la puerta gritando, para evitar que el monstruo se saliera. El animal se aventó contra la entrada, las paredes, las repisas, desordenando todo a su paso.

Por último, el monstruo tomó impulso y voló a través de la ventana, dejando atrás el cuarto destrozado.

Papá se incorporó, para sacudirse el polvo, mientras Eloísa entro corriendo agitada.

– Listo – susurró papá tratando de calmarla – ya se fue… ya pasó.
– Peppp-peppp-pero – tartamudió mirando el libro de cuentos que llevaba en sus manos
– ¿A dónde se fueron el resto de Monstruos? – dijo Eloísa pasando las páginas en blanco.

Se agacharon tan rápido como pudieron, con miedo.

Sólo había un lugar de la habitación donde algo grande podía esconderse, pensó papá. Dentro del armario profundo, oscuro y sin puerta, que servía de vestidor en la esquina apartada del cuarto. Se acercaron gateando, sin hacer ruido.

(Prendieron la luz y junto con los monstruos gritaron del susto)

Papá levantó la escoba listo para atacar, pero Eloísa se interpuso con los brazos extendidos
– ¿Se pueden quedar? – preguntó con una sonrisa enorme.

(Los monstruos sonrieron detrás de ella pidiendo aprobación.)

El resto es cosa de juegos y risas; sin Dragones, claro.
– Papá, ¿Nos dejas en el parque? –
–Pero paso por todos a las 6 –


FIN

8.10.08

El Tricampeón de Muecas

Sólo para advertir, un cuento infantil , pro ilustrable por JuanFelipe Sanmiguel, éste es el primer ensayo.


¡Daniel lo logró! Había hecho lo que nunca nadie había podido (ni nadie repetiría) en su colegio. ¡Se había coronado como el Tricampeón de Muecas!


Ganó primero en la categoría de la mueca más compleja. Donde debía usar la mayor cantidad de partes del cuerpo al realizarla.


Luego en la competencia de resistencia, con la mueca sostenida por más tiempo.


Y se llevó todos los aplausos en la Mueca más fea, bueno, no sólo aplausos, también hubo varios gritos del miedo y lágrimas del susto. A Julianita tuvieron que llevársela en ambulancia porque no paraba de llorar.


Orgulloso de su premio pasó el resto del día haciendo sus mejores muecas.


Asustaba a los pájaros que vivían en el parque.


A la vieja medio bruja que le daba comida a esos pájaros.


A los niños de la cuadra, que eran menores que él.


A su perro y de paso al gato del vecino. Todos corrían despavoridos por lo horrorosas que eran sus muecas.


Cuando mamá sirvió la comida Daniel intentó asustarla torciendo los ojos y gruñendo un poco con la boca torcida, pero ella, sin ni siquiera mirar lo que él estaba haciendo, lo regañó. -Si canta un gallo entre tantas caras raras – le señaló levantando una ceja y apuntando con un dedo te va a quedar así – Daniel no le puso atención, terminó de comer y se fue a su cuarto a practicar.


Su primer día en el colegio como el tricampeón de muecas no pudo ser mejor, todos sabían quién era, lo saludaban con efusividad, le pedían que los asustara, que les enseñar alguna de sus muecas. Era famoso.


Pasó días entre lo saludos, los consejos y sus monerías. Asustando las palomas en el parque.


A la vieja bruja que les daba de comer a las palomas.


A los niños del barrio que eran más pequeños que él. Si es que los encontraba, porque ahora se escondían cuando veían que Daniel se acercaba.


Trataba de no hacer ningún gesto raro frente a mamá, sabía que ella lo castigaría si supiera que no dejó de hacer muecas.


Se despertó muy temprano, como lo llevaba haciendo varios días, mucho antes de la hora en que su papá iba a decirle que se alistara para ir al colegio. Madrugaba para ensayar su repertorio, o para lograr esa cara torcida con la que había soñado toda la noche.


Pero, frente al espejo, algo sucedió... debió cantar un gallo, pero uno que estaba muy lejos porque Daniel no lo oyó. Pero, debió cantar uno porque se le quedó pegada una mueca horrible.


Trató de quitársela con agua fría… con agua caliente y tibia después. Se haló la cara con fuerza, pero nada hizo que su rostro volviera a ser normal.


Mamá no le dijo nada cuando lo llevó al colegio, pero sus profesores sí lo regañaron repetidas veces reclamándole que dejara de irrespetar la clase con esas caras. En los pasillos todos le huían y nadie, del susto, se le acercaba a hablarle.


En el parque no encontró ni a las palomas ni a la vieja que les daba de comer.


Ni a los niños pequeños, ni apareció su perro, ni vio por ahí al gato del vecino.


A la hora de comer, Daniel no tenía hambre, la sopa se enfrió sin que él dijera una palabra. Su mamá le acercó sonriente el plato como pidiéndole que la probara por lo menos.


Se untó toda la cara, como un bebé, porque su boca, torcida y tiesa, no quería que la cuchara encajara. Daniel se echó a llorar.


Su mamá lo alzó, con esfuerzo, lo sentó en sus piernas en la sala y le puso enfrente un libro enorme.


-Mira Dani – le dijo con dulzura – no todas las muecas tienen que ser feas – abrió el libro y le mostró en el álbum una foto en la que estaban Daniel, su hermanito enfrente y papá y mamá abrazándolos sonrientes – Una sonrisa es tal vez la mueca más común- dijo limpiándole una lágrima floja - pero es la mejor mueca de todas, porque hace que todo lo que está a tu alrededor quiera sonreírte de vuelta.


Daniel se quitó la última lágrima y le dio paso a una sonrisa pequeña. Sin querer, estalló a risas con su mamá.


Dejó de hacer muecas, dejó de hacer las que asustaban al menos, porque sonreía todo el día ,en especial en las mañanas, muy temprano, antes que todos despertaran, esperando que a un gallo por ahí cerca le diera por cantar.

14.8.08

Voy a contarlo una sola vez.

Voy a contarlo una sola vez, y aclaro, fue muy real, tan real como el miedo que me dan las alturas, que sin importar cuantas explicaciones intente darle a mi cabeza, seguirá allí latente detrás del ombligo y no me queda mas remedio que aceptarlo.

Debía tener a lo sumo 7 años, por entonces ya vivíamos en la casa del patio grande. En las tardes, sin nada que hacer , porque la única ocupación de un niño es el colegio y fuera de éste el día entero es ocio, corría de arriba a abajo del conjunto donde vivía, acompañado por 3 amigos que el tiempo y mi cabeza ya olvidaron, pero que por esos días éramos inseparables. Recuerdo que alguna vez concretamos una especie de circo romano con tan solo hormigas, de esas teñidas de rojo con ojos negros, que si se encierran de forma adecuada se entregan a la batalla hasta que la carnicería solo deja segmentos de los animalitos… y aun así, sin las cabezas pegadas a su tórax, siguen moviéndose, intentando quizás tomar venganza. De todo esto, creo, matar insectos me producía un placer que expiaba con una sonrisa, ya fuera ahogándolos si era posible, cortándolos, incluso la idea de caminar para de un modo inconciente ir pisando cuanto bicho se cruzara a mi paso me llamaba la atención.

Fue un martes, no había salido a jugar, me concentraba en el patio grande con sus centenares de tallos, hojas y claro, insectos. Una fila larguísima de hormigas atravesaba la terraza en su totalidad, y me senté a observarlo. Impávidas con mi presencia continuaban su camino así yo tratara de interrumpirlo con un pie o con alguna piedra como obstáculo. En un momento me detuve, miré la hilera perfecta, admirado, elegí una hoja de papel Bond que yacía sobre la silla a mi lado, no recuerdo bien qué hacia ahí, la tomé y aplasté la primera hormiga que vi, sin piedad, partiendo la hilera que quedó regada como esquirlas. Sentí un crujido en mi mano, como la cola verde oliva debía romperse, miré mi trofeo aun con la hoja en mi mano y la hormiga bajo ésta. Se movía, como esperé, pero juro (y esto no lo creerán) que me estaba mirando, y con un chillido ensordecedor, asqueroso y vil dilató su muerte unos segundos extra. Fue un rugido de canto de sirena, el chirrido de una puerta que me erizó el alma y me marcó la memoria… me gritó una hormiga. Solté la hoja y corrí con miedo al único lugar que consideraba seguro, mi cuarto, y me encerré hasta que mis papás llegaron. Juro que fue verdad, fue un sonido horrendo, un grito estruendoso, el alarido que debía espantar al gigante, como los de algunos indefensos (de siempre) por estos días.

2.6.08

si despeg el Avion


Estorake
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25.2.08

De Nachos y Jugo de Naranja.

-que pena la demora... esto es una disculpa a mi conciencia, vale aclarar.-
Incoherente. Los sueños se van de mi memoria cuando me baño, pareciera qeu el agua además de lavar y limpiar, diluyera el pesnamiento para que pase por el sinfón sin problema. El sueño de anoche fue distinto, se aferró a mi conciencia incluso horas depsus del shampoo y me persiguió por varios dias. Estaba trabajando, en exceso, causa del estrés de los últimos dias, las ideas no me llegaban a la cabeza, bloqueo mental, apareció alguien, esa gente qeu aparece sin rostro en los sueños pero que igual sabemos con certeza de quíén se trata, me pidió un jugo de naranja y unos nachos, no dije nada y por parpadear estaba sentado en la barra de un bar. Un oso polar entró, dejó la puerta entreabierta para qeu una fila de peces que le seguia pudiera entrar, se sentó a mi lado y bebimos sin pena, me acompañó a la oficina sin qeu lo invitara, trabajé un rato sin ponerle atención. Me llamó por mi nombre con voz indeferente, cuando voltié a mirarlo, de un zarpazo me destrozó la cara. Desperté. El gato me estaba palmoteando el cachete, como todas las mañanas cuando tenía hambre, tuve la imagen del maldito oso clavada en mi frente desde entonces. Dias despues mi compañero de cubículo dijo qeu tenía un antojo loco, como de nachos y limonada o jugo de naranja quizás. Me puse pálido para reportarme enfermo ante mi jefe. Prefería una mentira para evitar lo imposible a desencadenar un Deja Vú, uno con garras y dientes.

2.9.07

Eclipse Lunar

No quería, pero desperté justo para ver el eclipse lunar en mi ventana... aunque, habría preferido ver, así no quisiera, las constelaciones de diminutos lunares que rebozan en tu espalda.

26.8.07

Morfeo sobre ruedas.

Los buses siempre llaman mi atención, por lo impersonal del trato, la pluralidad de personajes que entran en contacto estrecho al interior de ese casquete de metal, por esa atmósfera sórdida y desatenta. El más curioso en el que he montado no lo recuerdo propiamente por sus adornos cursis e imágenes religiosas, sino por ese bao tan tibio. Tenía que hacer varias diligencias en la tarde, soborné a un amigo con una invitación a un café si me acompañaba, no era mucho, ni tan lejos, por lo que aceptó sin regatear. A unas cuadras de mi apartamento estiré la mano como se usa para indicarle al obeso conductor del bus que preferiría montarme allí que seguir caminando. Era de esos buses pequeños, de no mas de 24 puestos, donde de estar parado la cabeza se inclina un poco para caber completamente, así mi estatura sea incluso menor a la del promedio. Antes de pagar sentí el calor, ya la máquina estaba en marcha y mi amigo y yo con la cabeza ladeada buscábamos equilibrio en nuestros pies. Nadie adentro se movía, lo que me asustó, el reloj rondaba las 4 pero los 2 niños, de tal vez 8 y 6, sentados en las piernas de sus madres estaban desnucados por el sueño. Un ronquido cual espasmo me forzó a mirar a la esquina donde un tipo de bigote aplastaba su cara contra la ventana. Dudé en afirmarlo, pero la tibieza del ambiente no se podía ocultar, mire uno a uno a los pasajeros y sus formas de dormir. Todos entregados al sueño, todos en movimiento sin estarlo, todos aportando boca abierta a esa atmósfera enrarecida. Los únicos despiertos éramos mi amigo y yo, para nuestra calma también el chofer del bus. Nos bajamos pronto en nuestro destino antes que se nos pegara el sueño del ambiente. Tal vez por lo extraño y confuso de lo ocurrido guardamos silencio por los minutos que siguieron. Éste se rompió con una carcajada cuadras despues, con la que comprobé que no estaba loco ni que lo había imaginado, pero todo fue tan absurdo que la única explicación coherente parecía ser, luego de discutirlo, que Morfeo decidió tomar el transporte público para llegar a su casa, que no respondía propiamente al por qué de la hora, o por qué en Bogotá, y dejaba el vacío de no haber visto la bolsa de arena en el piso del bus, pero igual agradezco que dejara despierto al chofer, pues no estaría contando esto en una sola pieza… a no ser, que el mismo Morfeo fuera quien estuviera manejando esa tarde.

13.8.07

Un mar por ti

-6125 fuerza canejo.
Encontró el sobre al abrir el portón de la casona, "En el mundo, -decía en caligrafía surcada por dolor- a partir de hoy, hay ocho mares. Siete que navegaron piratas y corsarios y, uno que lloré por ti; no para ti." y como punto final tenía una lágrima seca que arrugaba un poco el papel. -Cuentan los que sobrevivieron- dijo el abuelo abarcando el paisaje con un movimiento de brazo -que esa tarde fueron a buscarlo, temerosos que se hubiera suicidado luego de escribir semejante telegrama de dolor, partieron con un hacha la puerta de su casa, que contaba con un cerrojo enorme de casona vieja de pueblo y que de ningún modo cedía hacia el interior. Con el primer hachazo la puerta se quebró entera, de la casa salió un torrente de agua que inundó la calle y el pueblo completo incluido el campanario de la iglesia, ahogó a los que no lograron llegar a esa montaña de allá y formo la laguna que están viendo.- El mas pequeño de los niños que estaban atentos al relato no lo creyó -Parezze un lago cualquiedda,- dijo como pidiendo explicación -en la histoddia dijizzte que edda un mar.- su abuelo cabeceó un poco, pero sin ofenderse respondió -Igual lloró bastante, ¿no crees?- apretó los ojos para ver mejor mientras decía -y si miras bien, en el fondo sigue el pueblo. Además, toda la laguna es salada, cosa que tampoco es normal- Violeta, que no era la mayor de grupo preguntó por la mujer de la historia -y, ¿Ella se salvó?- esperó la respuesta poniendo esa carita de sorpresa que las niñas de su edad saben hacer -Si, si- afirmó su abuelo -aún sigue viva.- El más pequeño, sin estar convencido, le replicó que cómo lo sabía -Porque- dijo el viejo con una sonrisa orgullosa y averiada -me casé con ella, es tu abuela, que conserva la carta para recordar que nunca se debe llorar tanto en vano.-

7.8.07

Escena final.

Con la primera estocada él despertó, por el dolor.
En la tercera puñalada,
ella vio cómo con los ojos desorbitados se le escapaba, a Pablo, la vida por la boca.
Con sorpresa, Pablo se encontró solo en la cama,
revisó confundido su cuerpo ileso. Se sacudió un poco el sueño moviendo la cabeza y, oyó un ruido fuera del cuarto.
Lo siguió hasta descubrir la fuente de los sollozos ahogados,
que pretendian ser discretos,
en el baño del pasillo.
Prendió la luz y,
vió a Jimena acurrucada en un esquina,
con su pelo enredado, enloquecido y empapado por las lágrimas,
tratando de esconder tras su espalda el cuchillo que siempre clavaba en las pesadillas de Pablo;
pero que esa noche,
como tantas otras,
como todas en las que Pablo veía su escena final,
no había encontrado el coraje para usar.

29.7.07

Alicia

"...darle por nombre Cassanova a un personaje, ahorra muchas explicaciones."
Adolfo Bioy Casares
Yo creí que era solo un país- le dije mientras me llevaba manejando a su casa- es más como el otro mundo – respondió conservando el carril izquierdo - ¿cómo la muerte? – reclamé, me miró con algo de picardía... y suavizando su expresión preguntó - ¿siempre te pegas tanto a las letras? – No lo puedo controlar – respondí.

Odio volar, desde que era niño, prefiero la incomodidad de los buses a la rapidez de los aviones; pero de excepciones se trasnocha la conciencia así lo que hagamos sea inevitable. Sentado en el puesto 13D la vi, cualquiera mataría, con una azafata así de linda podía haber problemas, dio las instrucciones de seguridad, me sonrío y siguió con su trabajo, cualquiera que éste fuera. Pasada la primera hora del viaje trasatlántico que ya no podíamos detener, sirvieron las primeras bebidas, pedí un vaso con agua y ella en su uniforme y delantal oscuro lo sirvió amablemente, no pude evitar seguirla cual animal hambriento clavando la mirada en ella hasta que atendió a los de la fila 22, más de eso habría sido enfermo. Me recliné para dormir, de cuando en cuando abriendo un poco el ojo izquierdo para vigilar el pasillo. Me despertó un, ¿Quisiera algo más?, salté volviendo a la realidad y la vi retirando el tercer vaso de agua vacío de mi bandejita -Si, - respondí - tu nombre...- se sonrojó y dijo- Alicia, y te traigo otro vaso de agua enseguida- quedé perplejo, pero no me importó.

En la última curva ya quería llegar a descansar, parqueó el carro en el anden de enfrente y me invitó a seguir, me ofreció algo de tomar - ni un vaso de agua más Alicia, por favor- dije sin pensar, se rió de esa forma tan suya y tierna que me empezaba a volver loco. Ya en la sala me concentré en el reloj de pared que giraba en sentido contrario, aunque sus números estaban organizados de modo que funcionara, nunca me acostumbraría. De mi oriente llegaba el atardecer y nos sentamos en la mesita del patio que estaba rodeada de hojas secas. - Y entonces... – comencé a preguntar de nuevo, - ¿las botellas - enfatizando con una mueca apretando la lengua con los dientes - se destapan en la dirección de las manecilla de ese reloj? - se demoró en responder, pero conservando un tono burlón dijo - ¿vas a dejar de preguntar bobadas?, primero acéptalo, no es tan grave, – tomó un sorbo de jugo como pausa –decide no volver y listo, es cosa de costumbre.

La sobredosis de agua hizo efecto, cuando me dirigía al diminuto baño del avión Alicia me bloqueó el paso – Si señor- dijo sin que yo preguntara nada – en el baño del Otro lado del avión- la miré confundido, sólo para que terminara diciendo – lo que busca está en la esquina del espejo.- y se fue a atender a una señora de la fila 17. Me encaminé al baño mas alejado de mi puesto como ordenó. Ya libre de cargas, interactuando con el lavamanos comencé a leer todos los letreritos de información que ese reducido espacio proporcionaba, pise allí para el agua, no arroje desechos, prohibidísisisísimo fumar, siga el conejo blanco… lo leí varias veces para confirmarlo, siga el conejo blanco, me sequé las manos y me miré en el espejo, en la esquina derecha había un sticker trajinado del logo de Playboy, al no creer en la coincidencia puse mi mano sobre el espejo y lo sentí líquido, lo atravesé por completo sin dudar y quedé frente a una pantallita que proyectaba el supuesto reflejo del baño del avión en una bodega estrecha. Salí para reencontrarme dentro del avión, de la bodega salieron 2 personas mas en lo que quedó del viaje, una de ellas fue Alicia. Sonrió un poco, se acercó al puesto 13D y prometió explicaciones en el camino.

Fue a la cocina por mas jugo, le pedí que me dejara hacerle tan sólo una pregunta mas – Pero… - seleccioné mis palabra con cuidado – intenté muchas veces atravesar el espejo de mi cuarto… – puso atención mientras servia los vasos atenta de no regar nada – entonces ¿por qué nunca había llegado hasta aquí? – tenía un tono de melancolía en el fondo, infinidad de intentos perdidos para escapar del cuarto en mi niñez – sencillo –respondió como aliviada – no todos los espejos son portales… digamos que ya no quedan tantos, los primeros casi siempre lo eran, los que quedan tienen la pantalla que viste y la cámara, para evitar que alguien cruce por error – quedaba sólo la luz de un farol en medio del patio, la luz daba una sombra que hacía pensar que estábamos muy cerca - ¿y yo no crucé por error? – indagué confundido - habías dicho que la de los espejos era la última – respondió, frunció el ceño y con una mueca dijo - ¿te quedas o no? – sonreí mirando el fondo del vaso, suspiré sin esperanza y concluí – como lo veo, me tocará aprender a leer al revés entonces… - miró de reojo para decir – siempre pegado a las letras – apretó los labios y estalló en una carcajada, riéndose de esa forma tan suya y tierna que me empezaba a volver loco, caminó hacia la sala y me invitó a seguir, ya empezaba a hacer frío en el patio y adentro de la casa quedaba un poco de calidez.

25.7.07

Lejanía... literal.

-a Juanita, no Fona... éste no es para ti.-

-Tu culo, - le escribí, en esto de las conversaciones virtuales cualquier insulto escrito puede pesar, pero no era un insulto, era como mi muletilla preferida a modo de reclamo – ¿Culo? – respondió – si yo no tengo culo – me reí de tal manera que salpiqué de babas la pantalla, nadie es tan sincero cuando escribe por estos medios – literal...- puntualizó. En mi cabeza armé todo un complejo que se debatía entre una historia trágica muy retorcida o una aclaración para auto flagelarse, cosa tan femenina que sonaba como posible explicación. - ¿cómo es eso? – indagué - ¿cómo es qué? – respondió. No nos conocíamos en realidad, ella no era mas que lo que me escribía que era, existía sólo en sus mensajes. Llevábamos en esto ya casi más de un mes, apareció un día sin avisar, con un mensaje que me dibujó una sonrisa y 5 días después con una respuesta más ingeniosa que la primera que yo di, un bonito comienzo. – cómo es eso de “literal”- le envié - saltemos el tema ¿vale? – a tal respuesta me decidí por la auto flagelación, error, en una cadena de errores.

Después de tiempo de contarnos lo que conformaba nuestra rutina, sin incluir muchos detalles, sólo pensamientos y puntos de vista, una que otra anécdota, pero igual con mucho de irreal; la imagen que tenía de ella se alimentaba sólo de sus respuestas y de sus preguntas incoherentes. Entre burlas surgió la invitación, quedamos de encontrarnos para romper el hechizo donde me pareció justo, en la biblioteca de la universidad, yo jugaba en casa. A la hora acordada la esperé, la esperé en las escaleras de la entrada... la esperé en la sección de literatura, digamos que después de eso la busqué, más que esperarla, ¿pero como iba a saber como era ella sin las letras? pensé. Ya jadeando, de subir escaleras, me rendí, fui directo a uno de los computadores disponibles tras la hemeroteca. Ella estaba conectada – GRACIAS POR HACERME PERDER TIEMPO!!!! – le “grité” – Tu fuiste el que me hizo perder el mío, llevo esperándote desde las 4 - respondió - ¿¡QUE!? – acordamos que a las 4 nos encontrábamos en la biblioteca, no? – la ira no me dejaba pensar, creí nos íbamos a ver, no que repetiríamos la rutina de letras y demás. – tengo que confesarte algo – continuó escribiendo, aún sin disculparse – Soy un fantasma – la tapa, esa si que no me la iba a creer, ahora me sale con que no existe y ¿vale mas buscar fantasía en programas de TV des-modados de fantasmas que escriben, que mi tiempo? – deja de decir estupideces... ni siquiera asustas – le escribí como respuesta, no se me ocurrió nada más, por la rabia, igual, lo último fue dicho para devolvernos a modo rutina a las incoherencias y para suavizar mi tono – habíamos quedado en que los detalles no eran importantes, - respondió - igual ya me tengo que ir, apareceré en tu pantalla en la noche, como de costumbre.-

Saqué unos libros que necesitaba, me encerré a estudiar cuando llegué a mi apartamento, no quería hablar con nadie. Por un tiempo me alejé del computador, valía mas mi orgullo, pero soy confeso adicto a los círculos de amistad virtual y ficticia, al voyeurismo legítimo, a la cercanía digital; el impulso duró unos días menos de lo planeado. Para mi sorpresa encontré una disculpa, de ella, en mi correo electrónico había un mensaje suyo, recibido la noche que perdí mi tarde en la biblioteca, ella no había podido ir porque su gata se enfermó, se conectó para disculparse, conciente de mi adicción a estos aparatos sabia que yo recurriría a los computadores de la biblioteca; pero decidió jugarme una... una que no salió muy bien al parecer. Esperé la noche para que se conectara – Mucho tiempo sin leerte – me reclamó sin animo alguno – pero volví... – le contesté.

Sin ponernos de acuerdo nunca se pensó en otra invitación, ni se nombró más mi escena en la biblioteca, sus historias son tan sentidas que la frialdad de un fantasma no encaja en ese cuadro, su gata ya está mucho mejor aunque, ahora es más consentida y, pareciera que aun existe sólo en la pantalla del computador... literal.

24.7.07

Alma de papel.

Cuando se rasga el alma es dificil pensar en cosa distinta, porque en lo único que puedo pensar es ¿En que forma se rasga el alma?, es algo completo, de ello no hay duda, no podría decirse que existe manera de rasgarle una punta al alma, una esquinita nada mas, o que es posible detenerse a mitad de camino de... de, ¿De donde?... del centro, se rasga desde el centro claro, cabría afirmar que es desde ese punto donde pensamos que está el corazón hacia afuera, pero un afuera ladeado... un afuera que sigue su rumbo hacia un borde lateral e inferior, con la mano empuñada en el pecho rasgando en diagonal, o en diagonal hacia arriba podría ser, como queriendo llegar al hombro derecho... en diagonal en todo caso, mi alma se rasga en diagonal.

3.7.07

Alma vendida... nadie como Fausto.

La noche seria larga, por la ansiedad, en el a mañana emprendería la prueba que se prometía cumplir anualmente en un lugar distinto del mundo, sólo para probar su teoría. Despertó en un cuarto no muy amplio de muebles lisos y adornos en acero inoxidable, se lavó las manos para quitarse el olor a azufre que ya consideraba cliché. Optó por vestirse de marca y con cierta elegancia para pasar inadvertido y se fue a buscar a su victima del día. Decidió buscarla en el metro, el tumulto lo ocultaría, y el tránsito frenético le daría una buena gama de donde elegir. La señora gorda de zapatos de flores no lo convencía del todo, quizás pediría algo fácil, mucho dinero, un perro entrenado, si mucho un titulo profesional u otro deseo reprimido fruto de su sumisión perpetua. Recorrió el perfil de cada uno de los futuros pasajeros. Encontró al perfecto candidato antes de cumplirse las 9 en punto. Lo vio bajar las escaleras con asco, la sola cara de desprecio que puso por tener que esperar al lado de un viejo que podía olerse a leguas lo confirmó como el indicado. Tal vez, éste si pediría algo decente, algo grande, para recordar... aunque, nadie en estas tierras lo creía posible, a él, ni a su mágica e inesperada aparición... ¡Escépticos!

Se montaron al tren expreso hacia el sur, la señora gorda acompañada de otra que de forma innegable era su hermana se montaron primero, la turba se acomodó, el ruido de los otros trenes y de la puerta cerrándose enmudecieron el bostezo del borracho que había atravesado la noche durmiendo en el vagón. Todos empaquetados, con ese sentimiento de bolsa de chocolate fóbica al calor que de igual manera conoce su derretido destino, cada personaje en su burbuja, un subcosmos de entidades. Se acomodó en el fondo sosteniéndose de la barra central de donde tenía una visión clara de su víctima. Como lo sospechó nadie se dio cuenta de su presencia, si acaso, sentado a unos cuantos pasos de donde estaba, un inmigrante dominicano, de camisa azul y bigote, que desde que entró contrajo todos sus músculos por su presencia, y casi al borde de las lágrimas recitó un rosario moviendo tan solo los labios apretando la cara en una mueca de dolor... seguro, si salía ésta contaría su historia con valentía, involucrando un truco o alguna oración al revés.

El momento llegó, a 5 minutos de la parada en la estación central, hizo que las luces titilaran, primer de modo sutil, primer apagón, el tren seguía moviéndose, luz de nuevo y nadie extrañó la presencia del borracho narcoléptico y del dominicano, segundo apagón, ni un susurro, luz en el vagón y sólo la mitad de los pasajeros que embarcaron con la señora gorda y su hermana, el tercer y cuarto apagón fueron rápidos pero no tanto como para enceguecer, luz y en el vagón quedó un tipo de corbata y zapatos finos sentado en un extremo y otro parado al final del vagón, un tipo de quien existían infinidad de historias, hoy se mostraba de ropa elegante y de marca, facciones ásperas adornadas por una sonrisa sutil, y sus manos, por habérselas lavado esa mañana hoy, no olían a azufre. El tren disminuyó su velocidad, el sujeto de corbata se levantó indiferente. Tomó aire y comenzó a decir en tono solemne – Incrédulo, frente a usted está la posibilidad última de... – el tren frenó y el tipo sin prestar atención comenzó a salir - ¡¿A dónde va?!, ¡Inepto! – con la cara de desprecio que usaba a diario se digno a reprochar – No me moleste imbécil, tengo cosas que hacer. – con paso acelerado se alejó, por la distancia le gritó desde la puerta del vagón, con eco pues también había vaciado la estación – Le ofrezco cualquier cosa a cambio de su alma - el individuo de corbata se volvió con rabia- tengo que trabajar, y cosas en que pensar, si necesita cambiar algo, o que le dé limosna, déjeme tranquilo- dijo esto, arrojó algunas monedas y abandonó la estación con prisa. Con un suspiro sulfurado uno a uno fueron apareciendo los pasajeros del tren y los que debían estar en la estación, sin ser concientes de lo que pasó cada quien siguió su camino, incluido el infartado dominicano que ahora se persignaba con devoción.

Lo comprobó de nuevo, se sentó en una banca frustrado y con rabia, un año más de evidencia, igual prometió intentarlo el año siguiente, era un hecho que en este siglo sólo a los gringos los secuestran los extraterrestres y sólo a los latinoamericanos se les aparece el diablo, quizás sean los únicos que aún no han vendido explícitamente su alma y por ello todavía la celan y la conservan. Despertó en algún lugar Caribe, donde se sentía a gusto, se preocupo por encontrar su sombrero y buscó adormilado donde lavarse las manos para quitarse el olor a azufre... que consideraba cliché.

30.5.07

El padre de Andriy (Ultiam entrega!)

Nota: Leer las enregas anteriores (1.2.3), haz click en la etiqueta Fraccionadu, para encontrarlas mas fácil.
Zeljko me encontró llorando enrollado en el piso como un niño, me invitó a desayunar y no preguntó nada hasta entrada la mañana. Di pocas explicaciones, sobre haber estado secuestrado y no muerto, la celda inmunda donde estuve enclaustrado, etcétera, omitiendo, claro, detalles específicos de su ubicación, mis sospechas y de los planes que se iban arrumando en mi cabeza con cada mordida al pan duro que muy gentil Zeljko me había convidado. Luego de agradecer por un rato y permaneciendo sombrío y distante partí hacia la plaza central, en la iglesia me entrevisté con el párroco, que entre otras cosas por la amistad que tuvimos desde chicos no dejó de temblar asombrado de mi regreso… de mi regreso y con semejante relato. Le pedí el favor por el que vine – Toma éste… – dijo sin dudar, se quitó del cuello un pequeño crucifijo en plata y lo soltó en mi mano – asentí firme con la cabeza, me bendijo y me preparé para lo peor. El pueblo cuenta con tan solo 1 estancia, una tosca taberna atendida por una voluptuosa mesera, que asigna las 4 únicas habitaciones sin dueño en el pueblo a modo de hotel. La número 3, pensé, siempre me persigue… nada estaba muy claro hasta entonces, mi cabeza todavía no conectaba todos los cables, sólo esperaba que Gavranicic viniera por mi esa noche… ya me había encontrado una vez, tal vez tenia olfato de perro, no tardaría en dar conmigo de nuevo. Me desvelé por la ansiedad, el cuartucho, que sólo contaba con una vela y una mesita al lado izquierdo de la cama me fue consumiendo con cierta claustrofobia, en algún momento cercano a media noche los recuerdos comenzaron a golpearme, uno a uno, Nicolai, Andriy, imágenes del colegio en llamas, imaginé mi casa en llamas, ésta inmunda celda, el viento apagó la vela, en ese momento fue que sentí el pinchazo. Recogí mi brazo izquierdo por el dolor inmenso que me acogía, que me desgarraba por más que lo apretara contra mi cuerpo sin entender porque además me quemaba el pecho literalmente. Arranqué el crucifijo envolviéndolo en las sábanas y vi como una silueta se abalanzaba sobre mi desde la puerta, pude esquivarlo para mi sorpresa, levanté la mesita y la partí en su espalda, Gavranicic se incorporó con furia y continuó atacando, haciendo reclamos sobre su hijo, sobre como yo lo había matado, sobre como le había robado a su nuevo hijo y como había acabado de la misma manera con él. Los golpes hacia él fluían certeros, para mi sorpresa, ahora luchábamos en igualdad de condiciones, sin pensarlo levanté la cama de roble en la que supuestamente intenté dormir y la descargue en su cabeza destrozándola en centenares de astillas. Sin gritos, sin dolor, tan solo con tropiezos continuó el embate, caí al suelo consecuencia de un golpe con su codo, recogí una de las patas astilladas antes de incorporarme y con parsimonia viré hacia mi izquierda, para que Gavranicic siguiera de largo y con la fuerza del giro incrusté la pata de la cama en su espalda dejándolo caer de bruces en dirección contraria a la que yo me dirigía. En el piso, en silencio de la noche, comenzó a desvanecerse con el sonidito áspero con el que perdí a Nicolai esa mañana. Miré mi brazo, dos agujeros no muy profundos se acomodaban dibujando una mordida… la luna estaba llena, no tenía heridas a pesar de la vigorosa pelea, mi piel estaba de este pálido-verduzco y el contorno de mis orejas empezó a afilarse, entendí todo al no ver mi reflejo en el vidrio de la ventana.
Volví al castillo de Gavranicic antes del amanecer, porque era el único lugar donde podía huir de la luz del sol y vivir de manera digna, no se porqué me cuento esto, tal vez para no olvidarlo, desde la celda donde empezó todo, extrañando mi reflejo en los espejos, el amanecer desde la montaña, la risa de la gente cuando está despierta, el olor de las mañanas y el incandescente calor de medio día, me pudro viviendo en la casa del maldito que me quitó la vida… o peor aún, en la del vampiro a quien yo terminé quitándole todo en su desvida para hacerla mía.

13.5.07

El padre de Andriy (Tercera entrega)

Nota: Leer Primera y Segunda entrega, haz click en la etiqueta Fraccionadu, para encontrarlas mas fácil.
¡Nicolai! – dije sorprendido - ¿Papá estás bien?Ya he sentido hambre, sueño y frío antes – le respondí. Con un leve clic en la cerradura me preparé para correr. Tuvimos un segundo para un breve abrazo, pues si me cabeza no me engaña pasé casi un mes dentro de éste cuartucho inmundo, - Siento la demora – se disculpó Nicolai sin modular de ninguna manera su voz- hay demasiados calabozos en este castillo y sólo pude revisar unos cuantos por noche- Pasamos un comedor de 14 puestos con mantel vinotinto raido por las ratas y por el tiempo - ¿Castillo? – indagué, redujimos el paso con una señal que hizo con su mano- es una fortaleza, creo, por lo que entiendo es una montaña hueca donde el Señor Gavranicic construyó éste castillo – miró a su alrededor y como buscando respuesta entre los objetos antiguos y oxidados que en perfecto orden nos veían diminutos al final del pasillo afirmó – creo que si él lo hizo solo, tuvo que utilizar algún tipo de magia, o alguna otra cosa… ha sido muy amable conmigo igual, pero yo creo que está loco – llegamos a un lobby espléndido, iluminado por pocas velas, cada una muy alejada de la otra, cruzamos una puerta doble y tras cerrarla con cautela llegamos al exterior por otra muy pequeña y camuflada que nos dejó a merced de la noche. Reconocí la zona enseguida, estábamos a 5 minutos de la trocha que nos llevaría al pueblo- Donde todos deben creer que estamos muertos – puntualizó Nicolai luego que le dije mi plan- la noche en que el Señor Gavranicic vino por mí, mató a mamá y quemó la casa luego de salir conmigo de la mano – quedé en shock, un escalofrío me azotó de un latigazo toda la columna, sentí más de una lágrima formarse y como si prensaran mi alma dejándola tan arrugada como para desecharla como una carta vieja y dolorosa; Nicolai seguía inmutable, y continuó así en el resto del relato, sus palabras eran frias y noté un brillo extraño en sus ojos y en su piel.. sólo que reprimí cualquier conclusión hasta no estar a salvo - ¿y no vendrá tras nosotros?- pregunté- dura casi toda la noche velando a su esposa y a Andriy en uno de los cuartos, se dará cuenta de mi ausencia poco antes del amanecer- dijo, y no volvió a decir nada nunca más. Llegamos en el tiempo que estimé mas el tiempo que perdimos entre escondite y escondite y una que otra parada para descansar, la falta de comida, buena al menos, me tenía en un estado moribundo y sin energía alguna, el sol no se veía todavía en el horizonte cuando toqué en la puerta de Zeljko, el dueño de la casa que cerraba el pueblo, un viejo bondadoso y de manos curtidas por años de trabajar de matarife, tardó un buen rato en abrir – Parece que estuvieras viendo un fantasma- le dije al ver los ojos desorbitados que puso cuando abrió la puerta – necesito esconderme en el solar por unas horas , ¿me harías ese favor? - cortó el hielo con un abrazo nostálgico y nos invitó a seguir. Nos acomodamos con las cobijas que Zeljko amablemente nos prestó, para que durmiéramos en el cuarto de herramientas. Poco a poco comenzó a salir el sol… me despertó un sonido áspero, constante pero muy tenue, un susurro casi, vi a Nicolaí sentado de piernas cruzadas mirando concentrado hacia la ventana, vi como al tacto de la luz del sol se fue convirtiendo en polvo, vi que nisiquiera cambió la expresión de su cara mientras se demoronaba, lo vi desvanecerse hasta que no quedó ningún rastro de él en el cuarto de herramientas.

El padre de Andriy (Segunda Entrega)

Nota: leer primero, "El padre de Andriy (primera entrega)..y perdón por la demora

¿Qué?, pensé, el pánico me puso a temblar los tobillos- Seré breve señor Serhiy – continuó si quitarme la mirada de encima – ud me quitó algo y será muy difícil traerlo de vuelta, por lo que sería mas fácil si dejara de temblar y me entregara a su hijo. – hizo énfasis en las últimas palabras, las masticó de modo muy pulido, y las pronunció de tal manera que sentí que me estaba dando una orden – Lo siento Señor… como diga que se llame… - Gavranciceso, eso, pero es muy tarde, tarde en la noche como para aparecerse en mi puerta a hacerme reclamos… que esté muy bien. - Atajó con su mano derecha la puerta que yo intentaba cerrar en su cara, y asomó su faz verdusca y puntiaguda en el filo que seguía abierto. – No se desespere Señor Serhiy, le dije que sería breve – dejó de forcejear sobre la puerta y terminó diciendo – vendré por su hijo en la noche de mañana – El portazo, pues haló con fuerza desde afuera, dejó un leve sabor a madera en mi cara por el golpe que recibí. La ira me dejó sonso y decidí perseguirlo, cosa que hoy no me explico la razón, tal vez fue esa espina de pensamiento que se clavó en mí desde entonces, yo quise ayudar a Andriy, nunca tuve intenciones ni forma de matarlo. Faltaban pocos días para luna llena, aunque igual el monte entero se blandía con una hermosa luz plateada, avisté a Gavrancic a los pocos minutos y aceleré el paso. Zancadas largas pero llenas de sigilo porque el rifle en mi espalda sonaba como un posible delator. Pisé una rama corta que rodeada de silencio sonó de manera estruendosa, Gavranicic, que no estaba muy lejos, con un aire acompasado y sereno miró hacia donde yo estaba, ciego e inexpresivo me observó escudriñando el vacío sin verme y siguió su camino al no encontrar nada. En un momento se perdió tras un árbol de tronco muy ancho, me levanté dejando atrás un arbusto que tenía por escondite y acomodándome el rifle iba a comenzar a correr cuando algo me tiró del hombro, di media vuelta de modo muy brusco, sin control, se enredaron mis piernas, y mientras caía de espaldas sentí como su puño se incrustaba en mi cara. Me levanté con impulso para tumbarlo pero con parsimonia de torero me esquivó solo para darme otra estocada, peleé inútilmente, cada golpe que asestaba parecía divertirlo y no realmente hacerle ningún daño. Alcancé el rifle que había dejado caer en algún punto y al disparar sentí su mano estrangularme, su cuerpo ahora relleno de perdigones no se inmutó, me levantó con fuerza y me lanzó muy lejos de allí. Desperté en éste cuarto inmundo, sin ventanas ni ventilación alguna, extrañaba los olores familiares y la limpieza de cierta forma, algo de comida tal vez… volví a contarme esto desde aquí porque todavía no entiendo como sucedió todo. Hace una semana sentí a alguien en el pasillo, a una hora extraña, igual la comida aparecía con precisión escalofriante, pero sin ruido ni la presencia de nadie… algo aún más aterrador. La pequeña ventanilla en la puerta se abrió despacio… si Gavranicic hubiera asomado su verde cara le habría escupido, lo habría hecho sin pensarlo; pero no era él quien estaba al otro lado de la puerta.

5.5.07

Miedo a volar.

Sabe lo que le está pasando, lo que no está muy seguro es como y más importante aún ¿desde cuando? - ¿Se siente bien? – le pregunta la azafata con cara de angustia - Si, si… - responde muy sereno – solo que le tengo miedo a volar, nada que vaya a matarme ¿cierto? – Buscó respuesta revisando su recorrido, hacía pocas horas estaba descansando en su estudio, el teléfono, la puerta, el celular, los 3 llamaron al tiempo. Optó por el último – ¡MIGUEL! – dijo la voz al otro lado – ¡Sigues vivo Hijodeputa, Sigues Vivo! - pero que no te alegre tanto – replicó adormilado – ¡Sal de ahí! – jadeando por la ansiedad- Dejé mi carro en la cuadra del parque , tiene las llaves puestas – la voz se alejó un poco- no, no, ¿perdón?, nada, paseaba un poco …(_Clic_). La puerta sonó otra vez, un poco impaciente el último golpe, por su celular llamó al número que tenía anotado en la planta del pie marcándolo al revés, - ¿y estaba lloviendo? – contestó una voz inexpresiva - Sólo debo esperar a que vuelva el sol – respondió- ¿Miguel? – y antes que éste dijera siquiera una sílaba la voz puntualizó - lo siento, no podemos hacer nada al respecto (_Clic_) . La puerta de nuevo, salió acurrucándose por la ventana, calló al perro de la vecina, ya estaba en la calle… a correr. Sobre la calle del parque estaba el carro, Diego estaba adentro atravesado entre el puesto del conductor y el copiloto, con cara de hipo cortado, su corazón sin latir y cubierto de trocitos de vidrio de lo hasta hace poco fue el parabrisas. A correr, llegó al Hotel Imperial a menos de una cuadra, en el lobby preguntó por la cajuela 342 fingiendo calma – La vaciaron hace pocas horas- respondió el muy pulcro empleado con cierta parsimonia. Tomó un taxi a la entrada – Al aeropuerto por favor, lo más rápido que pueda… - pensó en la situación, era previsible claro, pero técnicamente no corría ningún peligro, al menos eso le habían dicho los hombres que fueron a visitarlo después de todo lo que ocurrió, por eso le dieron ese teléfono, pero ya había agotado ese tipo de ayuda, eran ellos, o otros, deseó nunca haber tomado esas fotos, no pudo evitarlo, estaba allí, tenía que hacerlo, era su deber, pero igual ninguno de los que estaban en ellas conocían que había sido él, ¡¿Cómo diablos lo encontraron?!. – Un tiquete para Caracas- una señorita sonriente de nariz fina terminó de arreglar el papeleo y le entregó el pasaje. Evitaba el contacto con cualquiera, ellos ya tenían esas fotos pero igual nada garantizaba que estuviera a salvo, salidas identificadas, nadie sospechoso, nadie lo seguía, requisa, chequeo, sala de espera… victoria.

Ya en zona segura se antojó de un café, se quitó su chaqueta empapada de sudor de tanto correr y pidió un latte. Al recibirlo tropezó con un señor viejo de ojos claros que estaba detrás en la fila, reguero de café, mil disculpas formales, servilletas, cierta rabia pero sin rencor - Le compro otro café - no, no se preocupe, tranquilo la culpa fue mía después de todo, asintió y el empleado le entregó otro latte sin demora - Mucha suerte Miguel – le dijo el viejo luego de terminar el primer sorbo - ¿Se siente bien? – volvió a preguntarle la azafata mientras retiraba la taza de café para poder asegurar la mesa- Ya se lo dije- su corazón se aceleró, sintió una gota de sudor en su sien y como su brazo izquierdo comenzaba a adormilarse – le tengo miedo a volar, nada que pueda matarme ¿no?.

13.4.07

Páginas Frías

Dijo algo de modo inaudible y enredado, sacudiendo mi hombro adormecido intentó de nuevo buscando fuerzas en un “Papá, Papá… hay un dragón en mi cuarto…” Quedé cómo catapulta luego del disparo, aturdido y con vocación de mecedora. Acompañé a Daniel hasta su cuarto sin que hubiera quitado esos ojos como relojes de pared, redondos y sin parpadear. Empujé la puerta y ahí en medio vi una cosa lagartiforme, de un naranja intenso, escamas, rasgos felinos, para mi sorpresa no tenía alas, lo que le daba un aire de serpiente; pero con cierta gracia y orgullo semejante al de un caballo muy fino. Por sus colores, no le di importancia a la escarcha cerca de sus ojos y mentón, pequeñas gotitas de hielo disimuladas por un leve tiritar del animal. Al verme se aventó contra la ventana, una, dos, tres veces, el vidrio continuó intacto, contra la pared, el closet, el techo… todas las veces rebotando con un sonido seco y firme. Cerré la puerta y fui por una escoba, arma imbatible contra murciélagos, mariposas, cucarachas y otra sarta de bichos que puedan aparecerse… era perfecta. Entré corriendo, abrí la ventana en cuanto pude con la prolongación en madera que ahora tenia mi brazo y cuidando no tropezar con el baúl de los juguetes me zambullí debajo de la cama. Con un chillido, Daniel cerró la puerta. El dragón cargó contra la repisa de libros y las otras pocas cosas que aún conservaban su lugar usual, finalmente encontró la ventana abierta por donde salió volando. Solo pude oír los tropiezos y la ráfaga de viento que dejó en silencio el cuarto, ahora libre de dragones.
Entre el polvo y las tablas de la cama sentí la fuente del problema al lado de mi pierna, frente a la rendija del aire acondicionado había una copia de “Manual de Zoología Fantástica” abierta de par en par, con sus hojas bailando un poco por el susurro helado que salía de la rendija que estaba abierta por completo. Lo ojeé con la poca luz que llegaba a mi escondite. Daniel abrió la puerta, cuando oí un chillido distinto, un chasquido y la sensación de un gato afilándole las uñas con el tapete no muy lejos de mí… lento me contorsioné para ver la esquina de donde provenían los sonidos. La luz era poco menos que tenue, pero reflejaba unos ojos azul chillón, del tamaño de platitos para poner tazas de café, que me miraban con un temblorcillo sospechoso. “¿Qué otra criatura se habrá escapado del libro queriendo huir del frío?” pensé.

25.3.07

Voces en mi cabeza.

Ser zurdo pudo ser el problema, nunca aprendí a colorear y mi caligrafía fue desde entonces descrita como inmunda; pero eso sí, la señorita Peña me enseño a leer muy bien. Con gusto entendí como navegar entre las letras, las frases, construcciones de páginas ya fuera de libritos, cuentos, uno que otro artículo periodístico ya con el correr de los años, pero debo confesar, nunca lo logré con los poemas.

Leía todo lo que podía entender, de ello que mi imaginación estallara coloreando muchas cosas a mí alrededor, no solo por la complejidad de ciertos personajes o de historias irreales y fantásticas, sino también por el sinsabor de tramas inconclusas o argumentos cortados con fría sequedad.

Por entonces, nunca pude haber previsto encontrarme con la señora gorda del sombrero verde, pues pensé que la había imaginado nada mas; de horas en la sala con un libro entre las manos pasé a intentos de oratoria balconezca, que terminaron por transferir las tonalidades y entonaciones a mis lecturas mentales, haciendo que la exteriorización fuera a veces irrelevante, y llevarme en ocasiones a ni siquiera reconocer exactamente si era mi cabeza la que leía o mi instinto el que pateaba las palabras fuera de mi boca. Todo esto logró estandarizar ciertas voces para ciertas lecturas, dependiendo del género, de la intensidad que requería el texto, siempre constante a un mismo autor o invariable si devoraba un ciclo entero de temas afines.

En un cafecito que frecuento fue que la oí, a 4 mesas de distancia y riendo a carcajadas se encontraba una mujer grande, de voz duzona y con un horrendo sombrero de color verde. Su conversación con lo quien fuera que tomara mocachino era irrelevante, lo que me importaba era su voz. Era la misma voz pude jurarlo. Si hubiera tenido un libro cerca lo habría comprobado, pues era ella quien leía en mi cabeza, al menos la saga de escritoras latinoamericanas de hace 1 mes, pensé. Era ella o quizás solo su voz, pero no pude controlarme. Tropecé con una silla mientras me acercaba a su mesa hipnotizado por tan irremediable parecido. Devolvió mi sonrisa y con cara de sorpresa le pregunté sin dudar – Disculpe, ¿la conozco de algún lado? – Tal vez – Respondió – en La Página 63… ¿no cree? – Tomé mi chaqueta y salí, tropecé con otra silla, frustración, gente en la puerta, frío, andén, esquina, ¿y qué si era ella la que lee en La Página 63? ¿Qué si frecuento esa tabernucha bohemia, de nombre además estúpido, para oír sus lecturas los martes? Que disfrute como lee poemas en La Página 63 no le da derecho a vivir en mi cabeza, no le da ningún derecho, aunque bueno, no le da derecho pero por su voz tal vez la dejaría, la dejaría, si, claro, la dejaría pero… sin ese sombrero verde.

4.3.07

Dolor de muela.

!Ignórame entonces! - me dijo.
Ya tenia 10 años maldita sea, no entiendo como seguía pregutando estas cosas
- ¿Y porque cuando me caí de la bicicleta a mi sí se me cayó uno? - continuó ya sulfurándose un poco.
- Porque te pegaste, te pegaste Muuuuy duro - le respondí un poco seco
- Bha! - protestó, y con la risa entre las muelas dijo - y me vas a decir tambien, que si le sigues pegando al ajo de esa manera no se le van a caer los dientes.

22.2.07

El desusado arte de...

Me sorprendió oir, que una amiga señalara que vitrinear se constituía como su mas grande afición, pues me impactó saber que alguien en estos tiempos disfrutara del desusado arte de montar 2 trineos al mismo tiempo.

19.2.07

Ah! ¡Maldito Duende del demonio!

Todo comenzó con… no, esperen, esto no es tan simple… Digamos que era un cerdo, aunque no realmente, más bien vivía en el cerdo… Bueno, opino que es mas fácil aceptar que era un Duende. Cosas extrañas pasan en nuestra vida cotidiana que llegan a ser mas extraordinarias que cualquier puntito con vocación de OVNI en un canal amarillista. En mi casa estoy seguro que había aun duende. Nunca lo vi, es cierto, ni quise imaginármelo; pero su habilidad para esconder (y aparecer) cosas nunca dejará de sorprenderme. Si mis neuronas no me engañan supe de él por mi hermana. Pues, un día haciendo una maqueta, Juan, mi hermano mayor, le ayudó a desbaratar, armar y desarmar el apartamento entero buscando un pequeño pedazo de cartón, que luego de la exhaustiva búsqueda resulto ser que había estado en el punto exacto donde había faltado en principio… sobre la maqueta. Todo este tiempo, pensaría cualquiera, pero no hay duda que fue el Duende. No solo esconder zapatos y monedas era su hobbie, tal vez era su trabajo, y claro, devolvía las cosas solo si se le pedían amablemente. De un viaje a la casa cruzado con un paseo de domingo a Girón, mi hermana, en esas tiendas-cuchitriles de souvenirs transgresores a la vista por su explosión de colores, compró una alcancía de barro en forma de cerdo, inmunda de eso no hay duda, pero con una sonrisa explicó que sería perfecta para el Duende… (¡¿Ah?!) De vuelta al apartamento decoraron el cerdo, pinturas incluidas y pues claro, lo hicieron cumplir su misión como alcancía con las nuevas y circulantes monedas de mil pesos, tiempos aquellos. Todo el esfuerzo entorno al ahorro programado naciente por motivo del cerdo llevo a que el Duende continuara a gusto en el apartamento, paseándose, mas que todo ahora apareciendo cosas mas que escondiéndolas, pues como en cualquier cuento de hadas tenía una casa. La cual para ser sinceros duró poco, la inutilidad de las monedas de mil fue evidente poco tiempo después y se consumó como deleite de paladar en algún restaurante, después de, por ser un objeto de úsese y deséchese, partir el cerdo para sacarle las monedas. Cuando llegué a vivir al apartamento con mis hermanos ya habían pasado casi 2 años desde la ida del cerdo… pues con él se fue el duende. Aunque, hace unas semanas la repisa de mis libros se cayó sobre mi cabeza, mientras organizaba otra vez tanto papel empastado, cada vez que salía del cuarto juraría que los cerros de títulos cambiaban de puesto o por algún motivo no explicado terminaron 3 de Stephen King debajo de mi cama como asustados, lo culpé todo a mi mala memoria, lejos de pensar que él había vuelto. Esta mañana, m i hermana se levantó y el arete que había perdido la tarde anterior estaba colgado al cuello del caballito de madera en su mesa de noche. Con una sonrisa y medio saltando en medio del desayuno le contó a mi hermano que el Duende había vuelto. Sabes que lo pensé, le dijo mi hermano, ayer revolucioné el apartamento buscando una hoja que necesitaba urgente y solo hasta calmarme la encontré dentro de una revista. Al oír esto, me levanté de mi cama, aun con sueño y no de manera tan ágil, llegué a contarles mi episodio de los libros agregando, Yo pensé ¡Ah! ¡Maldito Duende del demonio!, ¡No le digas eso!, me cortó tajante mi hermana, no le gusta que lo insulten.

2.1.07

Sueños de Tungsteno (W)

Tomé aire con fuerza como cuando al fin se logra llegar a la superficie del agua después de una inmersión muy onda, erguido totalmente, aun respirando con dificultad, sentado en mi cama intenté recordar que estaba soñando, algo difícil tal vez, fantástico no sé, algo... algo aterrador. Retomé mi almohada y continué con mi sueño, al poco rato mis ojos volvieron a un estado similar al de un bombillo, probé dormir de nuevo e incluso con mayor rapidez me desperté, de manera reiterada, otra vez, repetidamente y una vez más y entre cada intento el tiempo se volvía cada vez mas corto, clic-clac tic-tac, llegó un punto en que ni siquiera veía imágenes ya , ni dormido ni despierto, sueño realidad sueño realidad sueño realidad ojos abiertos y cerrados abiertos y cerrados abiertos y cerrados; cuando mi intermitente despertar se tornó casi frenético, de lapsos inferiores a un segundo, con un abrupto suspiro final... caí fundido.

9.12.06

Entre ver y no ver (mi versión)

-Güey!.

Autobiográfica no realmente, pues, no es de mi de quien voy a escribir, en primera persona tal vez; pero igual... dejémoslo en no-ficción, o lo que comúnmente conoceríamos como realidad. De pequeño siempre fui un superhéroe, el hecho de colgarme una capa a diario era tan solo un aspecto más de mi rutina, con imaginación, si esta es sincera, nunca nada puede ser aburrido. Por eso creo que fue normal cuando empecé a ver puntitos encima de la cabeza de mis amigos y cuando el tablero de clase se convertía en un ciclón de letras borrosas, por aquello de leer no muy bien lo que intentaba decirme a tres puestos de la profesora. Juegos, dolores de cabeza y otras cosas me llevaron a un par de gafas que se fusionaron con mi cara desde el primer instante, algo que mi mamá nunca entendió bien, pues ella pudo leer el directorio telefónico sin dificultad por mucho mas tiempo que la gente normal. Con o sin mis gafas igual todo era divertido, con ellas percibía lo que todos entendían como lo que está... sin ellas, todo se mostraba tan sinuoso que para mi podría convertirse virtualmente en lo que yo quisiera. Poco a poco, eso que yo creía ver se materializó en pequeñas (o muy grandes) cosas, en formas específicas, permitiéndome verlas incluso con mis gafas puestas, en asuntos a mi alrededor, pero... nadie lo entendía, es difícil explicarle a alguien que hay una cara en el techo de su cuarto si tan solo considera que el techo no es mas que concreto o madera. Por ello, me permití reservarme las observaciones sobre mi mundo por un tiempo, convivía con estas figuras, su movimiento, sus colores y hasta su metamórfico dinamismo en una armonía inexplicable... me consuela realmente y me tranquiliza la conciencia saber que nunca me hablaron o decidieron perseguirme, eran parte de las cosas, cosas en las cosas, figuritas que pertenecían tan solo a mi entender. A algunos amigos que me dio el tiempo pude persuadirlos de ver ciertas cosas y de ello emprendí un proyecto a fin de mostrarle a todos que era lo que yo veía de mas. Así, armado de una cámara digital carente de conciencia, documenté los días, la cara caricaturesca en el extintor del bus, el cangrejo que formó una mancha de grasa en una caja de pizza, gotas de agua que eran pescados, piedras-perro y madera-máscaras... en fin, mi mundo y su pequeño plus visual.

Los domingos en mi familia se concentran alrededor de tan solo una cosa, pasta, la periferia es un ir y venir de preguntas y conversaciones generales nada anormal, todo sigue un mismo ritmo que presta de manera intermitente atención a la temperatura de la salsa y la cantidad a irracional de spaghetti que mi hermanito va a consumir al servir definitivamente. En uno de aquellos, poco tiempo después de terminar mi proyecto, lleve una pequeña muestra de las fotografías para presentarlas de manera oficial, a la cara de asombro de mi abuelo, un tipo serio, inimaginablemente bondadoso y perfectamente calvo incluso antes de casar a sus hijos, me decidí a explicarle el trasfondo de toda mi idea, de las figuritas, de las que debía buscar en las fotos “Ninguna en específico Debe verse... realmente la que veas es porque verdaderamente está allí” le puntualicé, miró las fotos por un largo rato, sonriendo entre cada una y finalizó con un silencio pensativo. Esperé algún tipo de reacción con una mirada inquisitiva a la que el correspondió entre abriendo su boca, como seleccionando muy bien sus palabras “Todas las mañanas desde donde me siento a desayunar,” dijo de manera pausada ”no se si te había contado..., veo una mancha en la pared que es igual a Clark Kent”

23.11.06

Para quejarse.. y que.

"Hoy tengo ganas de quejarme... que no se note"
-YO!


Por motivos que ni esta loca galaxia a querido aclarame... me encuentro cada dia en situaciones que me hacen quitar la mirada o simplemente respirar hondo, será esta pútrida ciudad tan bonita en su publicidad, tan ecléctica en sus gustos, tan apática en su ritmo, no se.

Como disonante siguiendo una rutina de cama, baño, desayuno, dientes, oficios organizativos, salida, ascensor, esquina, semáforo, calle... paradero, esperé cual quizquilloso empedernido aquel "Germania" * medio vacío, no tan viejo y con el suficiente recorrido como para devolverme habilmente cambio de un billete de $10.000, luego de 15 minutos apareció. Una silla casi no-raida con su respectivo ventanal me recibió... mi recorrido fué lo que se dominaría standard, hasta que aquel tipo subío. Esos personajes que al aparecer en nuestro escenario preferimos olvidar las lineas e improvisar un escape magistral, era bajo, de unas cuantas canas y un bigote mal cuidado, se sentó a mi izquierda y con su cara desgarradora comenzó a relatarme una historia que yo no quería oir.

Algo de los jóvense de hoy dia que no dan su asiento a las señoras embarazadas, o del mequetrefe aquel que decidía a cara y sello hasta de qeu lado de la calle andar, de lo inutil que es hoy el tiempo, de las noticias nunca cambianes pero aparentemente nuevas, etc. etc. Luego de una incomoda pausa y de una pregunta igualmente incómoda forjada entre sus dientes, que para ser sinceros no entendí muy bien clavó su mirada en mi como buscando respuesta. Me disgusté porsupuesto... pero en un click inconciente cedí, le relate de las mil historias quien sabe si ficticias qeu se suben a estos buses, de los mil discursos que quieren romper esquemas y ademas vienen siempre acompañados de un genero musical nuevo esperando todos ser algo mas de lo que ya está dicho, de las piedras en mi zapato, de las piedras en mi cabeza, de alguna vez haber sido agredido verbalmente por una hormiga y de aquel árbol en el jardín perdido que me susurró mientras yo estudiaba, etc...

Con un aire renovado y confusión en su ceño me reclamó - ¿y por qué? - abrí la boca queriendo responder, pero nada fluyó mas que aire enrarecido matutino, queria hacerlo lo confieso...pero todo fue mas fuerte. Timbré en mi parada y con una sonrisa dibujandose en mis labios encontré la respuesta, desde el anden me acerqué a la ventana donde mi personaje imaginario estaba y con decencia le dije "Porque hoy amanecí con ganas de quejarme.. y por favor, que no se note" .


*Bus Ejeccuctivo Bogotano cuyo recorrido termina en la Universida de los Andes luego de recorrer magistralmente entre gritos y sollozos la totalidad de la carrera séptima dejándome salvo y no tan sano en la Universidad Javeriana, 2. lease virtualemtne cualqeuri bus que pasa por la séptima en la hora relatada

6.11.06

El Tres ( 2 de 2 )

(...) Nos dio la bienvenida muy cordial, aseguró que nunca olvidaríamos La Celebración, pues la había diseñado con tanto esmero y por tantos años que un tatuaje se borraría mas rápido de nuestra piel que esta ocasión de nuestra memoria y tenía razón, aunque cada palabra era pronunciada con énfasis detallado, era evidente que lo recitaba de memoria. Aplaudió con gracia y el avejentado mayordomo nos trajo a todos un suculento banquete, manjares variados y en cantidades que inundaron la inmensa mesa de roble, por último vino tinto y el grito de batalla del Tres, que esperan, la comida se va a enfriar. Las conversaciones eran sectorizadas, ninguno de los presentes se veía desde hace décadas, por lo cual uno u otro encaraba infinidad de temas por los cuales preguntar, la comida finalmente logró agotarse y el inmenso tonel de vino continuó drenándose al mismo ritmo de la embriaguez y las risas. Con aire ceremonioso a esa hora cumbre en La Celebración cuando el vino no se hizo llegar mas a nuestras copas, El Tres se levantó de su silla con la suya aun llena… nadie lo notó hasta que comenzó a hablar, yo había evitado pararme para ocultar mi Tredecafobia y así evadir el destino del primero en levantarse de una mesa de ese número de comensales.

La confusión que me indujo la situación completa me hace olvidar las palabras exactas que dijo, pero entre lagunas inmortalicé algunos detalles. Comenzó agradeciéndonos una vez más la asistencia, la emoción y el miedo que le infringía que La Celebración llegara a su final y el sinsabor que le producía tener que explicarnos algunas cosas. – En los años que me he dedicado al Hedonismo – afirmó - solo había una instancia de mi existencia la cual una vez ocurrida yo no habría podido celebrar, ello me llevo a pensar la manera de luchar contra lo naturalmente establecido. – Aclaró su voz aún con la copa en alto y continuó – El tonel a mi espalda contiene… o mejor, contenía mi alma, la copa en mi mano está llena del último extracto del tonel. – Miré desesperado, buscando la explicación que no hallé en la sorpresa de todos a mi alrededor – Están presenciando mi muerte y además… Se ven ridículos vestidos de esa manera en un funeral – Vació la copa con una mueca de comedia teatral… que remató con la copa partiéndose en mil pedazos contra el piso. Aun recuerdo el miedo que nos invadió a todos, los gritos que siguieron y la locura que nos producía a todos oír la risita de El Tres retumbar dentro de nuestra cabeza como un circo de tres pistas.